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Entre la negación y la explotación: políticas de sexualidad sobre los cuerpos de las mujeres negras.[1]
Katsí Yarí Rodríguez Velázquez
Volví a perderme en Buenos Aires. Llegué hace dos meses a esta ciudad y ella y yo aún no hemos podido hacer las paces. Sin embargo, no niego que esta ciudad tiene su encanto, para mí es el de la inmensidad. Yo, que vengo de Puerto Rico, una pequeña isla del Caribe, en la que el carro es una necesidad ya que, entre otras razones, no hay ni facilidad ni conciencia peatonal, la posibilidad de caminar por horas sin ni siquiera tener claro un destino es inigualable. La mejor imagen que encuentro para explicarlo es la sensación que se tiene al inicio de sentirse enamorado. Esa sensación de fluidez, de estar en tránsito. Dejarse llevar, sin dudas. Hasta que entonces llega el cisma, ese pequeño detalle que agrieta la confianza. Ese detalle que no importa cuánto se avance en la relación, reaparece en cada discusión manifestando que no es tan pequeño. En uno de esos días en que transitaba por esta ciudad, apareció mi cisma.
Iba de camino hacia la Plaza de Mayo, o, por lo menos eso pensaba, hasta que comencé a caer en cuenta de que nuevamente estaba perdida. Entonces, observé lo que me rodeaba. A cuatro pies de distancia, frente a mí, caminaba un hombre “blanco”, muy alto y rubio, vestido de chaqueta y corbata. Me impresionó porque aparentaba estar tan perdido como yo. Mientras reparaba en esto, noto frente a nosotros dos, un motorista que nos da la espalda y al quitarse su casco, deja ver un “dread lock” largo y hermoso. Y recuerdo haber sentido paz al ver su cabello, como si ese “dread lock” tendiera un puente, entre nosotros, por lo menos así lo sentí. No obstante, al pasar frente a este chico, él se acercó y a muy poca distancia de mi rostro, en voz muy alta, me dijo: “Vos sabes que sos el sueño de mi vida.” En ese momento, el hombre “blanco” que caminaba frente a mí, voltea para mirarme, se detiene, me deja pasar, se le acerca al motorista y le dice, también en voz alta: “Es el sueño de todos”. Los oigo reírse, volteo, y veo cómo sí se tiende un puente entre ellos, se dan la mano y cada uno continúa su camino en direcciones contrarias. Y recuerdo el dolor, la frustración y la impotencia porque ése es mi cisma. La sensación de estar perdida en una mirada de la que no se escapa. Una mirada que narra la historicidad de mi cuerpo, que activa tantas expectativas y referencias que no me pertenecen.
Y es que, esa frustración narrada por Fanon, en Piel Negra, Máscaras Blancas, ante la mirada de la niña que al verle, asustada le expresa a su madre: “Mira, un negro, tengo miedo”, no es otra cosa que la mirada que instaura la distancia ubicándola en el cuerpo. Sin embargo, en los cuerpos de las mujeres negras esa frustración se revela desde otro sentido, porque a diferencia de la distancia que dispone el “Tengo miedo”, con el que carga su cuerpo; el cuerpo de una mujer negra carga con la accesibilidad y la explotación sexual atribuida y fijada a su cuerpo. No pretendo que se entienda al sexismo como privativo de las mujeres negras pero sí es preciso reconocer el que las particularidades que se inscriben en el sexismo experimentado por nosotras hacen evidente su inseparabilidad del racismo ya que como bien señala Sueli Carneiro en “Ennegrecer el feminismo” las mujeres negras tuvieron una experiencia histórica diferenciada que el discurso clásico sobre la opresión de la mujer no ha recogido. Así como tampoco ha dado cuenta de la diferencia cualitativa que el efecto de la opresión sufrida tuvo y todavía tiene en la identidad femenina de las mujeres negras”. Así, en nuestras vidas clasismo, sexismo y racismo se tornan experiencias simultáneas. Todo buen análisis de estas interdependencias en las experiencias de opresión de las mujeres negras debe encontrar su génesis en la institución de la esclavitud africana y en el colonialismo como maniobra estratégica ligada al expansionismo capitalista europeo desarrollado a principios del siglo XV para asegurar su poder económico a costa de la explotación de los países conquistados. No reconocer esta realidad, sobre todo, desde nuestros países latinoamericanos atravesados por este proceso sería disipar las implicaciones que el mismo ocasiona en la apropiación y cosificación de los cuerpos de las mujeres negras. Puesto que, como señala Carneiro, la violación colonial perpetrada por los señores blancos a mujeres negras e indígenas y la mezcla resultante está en el origen de todas las construcciones sobre nuestra identidad nacional, estructurando el decantado mito de la democracia racial latinoamericana… esa violencia sexual colonial es también el cimiento de todas las jerarquías de género y raza presentes en nuestras sociedades (Carneiro, 2008). Violencia sexual que en el caso de las mujeres negras ha pasado inadvertida al punto de naturalizarse ese trato a su cuerpo sin el reconocimiento de la violación y atribuyendo de manera fija la hipersexualidad como constitutiva de las mujeres negras.
Pero además, bajo la bandera de la democracia racial de nuestros países, se recrudecen las jerarquías de raza y género bajo la presunción de blancura asumida por los hombres colonizados en ese pacto con los colonizadores que oprime a las mujeres en las colonias, como bien han señalado María Lugones, Brenny Mendoza y otras feministas latinoamericanas y, que a su vez es una blancura apropiada en nuestros países también por mujeres en detrimento de la participación y validación de la experiencia de las que no lo somos. Es bajo ese pacto que no puede eludirse la posición de la mujer negra en estas jerarquías ya que como advierte bell hooks, “las mujeres negras están en una posición inusual en esta sociedad, pues no sólo estamos como colectivo en lo más bajo de la pirámide ocupacional, sino que nuestro estatus social es más bajo que el de cualquier otro grupo. Al ocupar esa posición, aguantamos lo más duro de la opresión sexista, racista y clasista. Somos un grupo que no ha sido socializado para asumir el papel de explotador/opresor puesto que se nos ha negado a otro al que podamos explotar u oprimir. Las mujeres blancas y los hombres negros están en ambas posiciones. Pueden actuar como opresores o ser oprimidos u oprimidas. Los hombres negros pueden ser víctimas del racismo, pero el sexismo les permite actuar como explotadores y opresores de las mujeres. Las mujeres blancas pueden ser víctimas del sexismo, pero el racismo les permite actuar como explotadoras y opresoras de la gente negra.”(hooks 2004).
Esta realidad es la que hace latente la denuncia de Carneiro al reclamar: “Somos parte de un contingente de mujeres con identidad de objeto.” Y en esa identidad de objeto, el cuerpo asume un papel central porque en él se inscribe. Es un cuerpo al que desde niñas se nos enseña a odiar; un cuerpo que siempre necesita arreglo; un cuerpo visto como un conglomerado de excesos; un cuerpo codificado como la anti musa, todo lo opuesto a la belleza que se le otorga al de las mujeres blancas. Un cuerpo sobre el que son pocas las decisiones que se nos permiten tomar desde temprana edad y ocasiona el que por largos momentos de nuestras vidas no tengamos idea de cómo llevarlo. Un cuerpo atravesado por la naturalización de la hipersexualidad y su constante representación; un cuerpo silenciado y reducido al espectáculo (hooks, 1992).
Analicemos la configuración de esas representaciones en las que se fija la hipersexualización de la mujer negra a través de un ejemplo. La edición de la Revista Playboy Argentina del mes de agosto del presente año fue mercadeada como un número histórico ya que por primera vez en la historia de la revista argentina, una mujer negra aparece en su portada. María Nela Sinisterra, una modelo y ex reina de belleza colombiana, quien también forma parte de las llamadas “secretarias de Sofovich” en el programa de televisión “La noche del domingo” fue la mujer elegida. Antes de discutir en detalle este número de la revista, deseo dejar claro que mi intención no es emitir ningún juicio sobre María Nela ni mucho menos presentarla como víctima porque no creo que lo sea. Mi interés es discutir la configuración de la representación de su cuerpo en la revista para criticar esa lectura, representación y estereotipo de la mujer negra.
Comencemos por la foto. Un textil negro sirve de fondo, ella aparece de espaldas y mira a la cámara. Sólo vemos la mitad de su rostro y sus brazos cubren sus senos. La mirada que inspira su rostro junto a la manera en que se presenta su cuerpo podría leerse como un cuerpo que se esconde pero le ves. Y qué ves. La iluminación juega un papel muy importante en este punto. La luz delimita su espalda y justo encima de sus nalgas recrudece una sombra fragmentado su cuerpo y de esta forma enmarcando como punto más importante de la foto a su trasero. Es éste el que se advierte como la parte más accesible de su cuerpo. Así, puede aludirse a la lectura que hace bell hooks en “Selling hot pussy: representations of black female sexuality in the cultural marketplace ” sobre la fragmentación de los cuerpos de las mujeres negras en los que se exaltan cabello, labios, senos y sobre todo, culo. Se fragmenta el cuerpo en partes a las que se lleva la atención siendo este último el que más connotación sexual adquiere.
Veamos ahora la utilización de la palabra en la portada. En conmemoración de la negritud a la que se apunta con este número, el nombre de la revista, PLAYBOY, justo encima de la cabeza de María Nela, cortando su frente, aparece en negrillas. Mientras, en la esquina superior izquierda, paralelo al hombro y rostro de ella hay un sello con el puño levantado, fuerte símbolo revolucionario utilizado por varios grupos entre los que se encuentran las Panteras Negras, y encima del sello las palabras Playboy Black, reafirmando la supuesta afirmación de la negritud por parte de la revista. Negritud cobijada en artículos banales como: Manual del Café, Top 6 de cervezas negras, Moda de otoño de color negro. Luego de estos artículos superficiales, se nos presenta, bajo Playboy Archivos, una entrevista a Malcolm X, a quien se refieren como el líder negro más Polémico y, cuando lees la entrevista, es palpable el tratamiento racista que se le ofrece. Se sacan sus citas de contexto, se le resalta nuevamente como polémico, en negrillas se les dictamina como odio racial a sus expresiones y es introducida de esta forma la entrevista: “Hasta que fue asesinado, Malcolm X fue el líder más furioso de la militancia negra mundial. Su lucha por una nación separada, las razones para creer en un cristo negro y otros polémicos pensamientos en esta histórica entrevista…” Polémico y Furioso eso es lo más apropiado que encuentra Playboy Black para referirse a Malcolm X.
Y justo debajo de la entrevista, la tipografía más grande es reservada para referirse a María Nela Sinisterra como “Infierno Negro, la secretaria más hot de la tele”. Y agrega adentro, “la negra más hot de la tele dejó el bowling, los cupones y las manzanas por un rato para levantar la temperatura de estas páginas hasta lo inimaginable. No te pierdas ni un centímetro de la colombiana que nos hace perder la razón.” Ni una sola palabra de la chica media y las fotos nuevamente exaltan su trasero o sobran las insinuaciones sexuales por medio de fotos en los que sus dedos están en su boca y su gestualidad es provocativa. Los únicos dos negros que aparecen en Playboy Black, María Nela Sinisterra y Malcolm X, uno presentado como polémico y furioso, casi como decir un negro loco y María Nela, una negra hot y súper sexual, para “subir la temperatura”.
Permitirse mirar con un ojo crítico esta revista, pone de relieve la indignación que podamos sentir todos ante el racismo que la misma supone. Y así es más fácil entender la interdependencia de los sistemas de dominación y hasta adoptar el lenguaje utilizado por bell hooks para hablar de tal interdependencia al conceptualizarla como: supremacía blanca/capitalismo/patriarcado. Con lo cual nos permite ver con mayor claridad el que la opresión y su interdependencia refiere a una estructura institucional y no a creencias individuales como hooks advierte. Ayuda a entender cómo esa formación de estereotipos persiste y se reproduce para perpetuar la supremacía blanca. Y llama además la atención sobre la importancia de las voces de las mujeres negras en la formulación de la teoría feminista ya que “es la experiencia vivida que reta directamente la estructura social de la clase dominante racista, sexista y clasista (hooks 2004)” en la búsqueda de liberación de todo tipo de opresión.
Sin embargo, qué nos pasa en el día a día, por qué se nos hace tan fácil levantar una denuncia contra la opresión del sistema y, cuando hablo con alguien, hombre o mujer, sobre lo intolerable que a veces me resulta estar en esta ciudad porque es constante el acoso y la mirada que los hombres me dan en la calle, la contestación siempre es la risa. “Los argentinos son así, o los hombres son así, no es nada personal, Katsí, ríete.” Pero yo no me río de la violencia. O peor aún, al hablar de estas experiencias la persona me mira a los ojos y me reclama: “Tienes mucho coraje, Katsí. Tienes que dejar de pensar así, Katsí “y, hasta se me ha acusado de racista. Y nuevamente, no son capaces de ver la violencia en lo que me piden. ¿Deja de pensar así, Katsí? Y, por qué no eres tú el que deja de pensar de esa manera. Por qué no eres tú capaz de reconocer y validar mi experiencia. Por qué no entienden que la fuerza y constancia de esas representaciones es tal que una se siente con solo dos opciones: absorberlas o resistirlas. Y aún así, bajo ninguna de las dos opciones logras sentirte en paz. Y Drena. Y Cansa.
Llevo semanas dándole vueltas en mi cabeza a la pregunta que lanza hooks en “Selling Hot Pussy: representations of black female sexuality in the cultural marketplace” y sirve de guía para estas palabras: ¿Cuándo y cómo podrán las mujeres negras valerse de agencia sexual en maneras que nos liberen de los confines del deseo colonizado del imaginario racista/sexista y sus prácticas?[2] Hace muy poco tiempo me llegó la respuesta; la recibí muy agradecida porque llegó de la mano de dos grandes mujeres en mi vida: mi madre y mi abuela. Llegó a través del recuerdo de sus miradas. De mi abuela, porque recuerdo cómo desde que yo era pequeña me contaba esta anécdota de su infancia, cuando tendría ella unos diez años. Eran los 30’s y en Puerto Rico ante las políticas de higienización norteamericanas, entre otras cosas, se pesaba a los niños en la escuela. Un día en que la pesaron, mi abuela pesó lo mismo que la niña más blanca y más rica de la escuela. La maestra, estupefacta, repitió el pesaje en más de una ocasión por estar segura de que había un error pero el resultado siempre era el mismo. Y dijo en voz alta: “Josefina (mi abuela), es que no puede ser posible que peses lo mismo.” Y mi abuela le respondió: “Increíble, no? porque ella come comida y yo como hierba.” La maestra no dijo más, bajo la cabeza y apuntó el peso. Y recuerdo la manera en que los ojos de mi abuela se iluminaban cuando contaba esa historia; recuerdo el orgullo que incendiaba su mirada y su sonrisa cuando lo contaba, porque le daba fuerzas y me las daba a mí.
Y la mirada de mi madre, recuerdo cuando en segundo grado un niño comenzó a decirme “negra”, recuerdo cómo la voz de ese niño parecía distorsionarse cuando me miraba y lo repetía. Y entonces, llegué llorando a los brazos de mi madre y le conté lo que sucedía y ella con una mirada de ternura y la mayor dulzura en su voz me dijo: “Mi amor, pero por qué te molesta tanto que te diga negra, si tú lo eres. Malo sería que te dijera blanca, porque te estaría mintiendo.” Luego me enteré que mi madre fue a la escuela, y se reunió con los padres del niño, y el niño dejó de decirlo pero la paz que me dieron sus palabras y su mirada persiste. Y hoy entiendo. Entiendo que no se trata de claudicar al cuestionamiento de esas representaciones que se hacen de nuestros cuerpos. Por el contrario, siempre hay que estar vigilantes para retarlas y cuestionarlas pero hay una parte del proceso que tiene mucho que ver con sanar, con permitirse sanar. Porque la mirada que me den los otros no depende de mí, yo no la controlo. Sólo tengo el poder de controlar la mirada propia, la que yo tengo sobre mi cuerpo. Y si quiero que se me mire como mucho más que una mujer negra, porque lo soy, me toca primero a mi hacerlo.
“El verdadero enfoque del cambio revolucionario no está nunca meramente en las situaciones opresivas de las que buscamos escapar, sino en ese pedazo del opresor que llevamos plantado profundamente en cada uno de nosotros.”[3] Nunca me han hecho tanto sentido como hoy estas palabras de Audre Lorde. Es a través del disfrute, del reconocimiento, de la mirada que le demos a nuestro propio cuerpo que se inicia el cambio de objeto a sujeto sexual. Solo entendiendo esto podemos llegar a redefinir y retar esas representaciones que se hacen de nosotras en los medios.
Tal vez he perdido el tiempo y estas palabras no signifiquen nada para ustedes o no se correspondan con lo que piense ninguna otra mujer negra, pero a mí me sirven. Hoy me dejan respirar y en los dos meses que llevo en esta ciudad se me ha hecho muy difícil hacerlo. Trato de buscar la manera de ponerle fin a estas palabras y ningunas se me hacen tan perfectas como las de la poeta puertorriqueña Ángela María Dávila, no sin antes agradecerles por haberme prestado este momento y si no pueden quedarse con ninguna de mis palabras, espero que con las de ella puedan hacerlo.
Ante tanta visión de historia y prehistoria[4],
de mitos,
de verdades a medias —o a cuartas—
ante tanto soñarme, me vi,
la luz de dos palabras me descolgó la sombra;
animal triste.
soy un animal triste parado y caminando
sobre un globo de tierra.
lo de animal lo digo con ternura,
y lo de triste lo digo con tristeza,
como debe de ser,
como siempre le enseñan a uno el color gris.
un animal que habla
para decirle a otro parecido su esperanza.
un mamífero triste con dos manos
metida en una cueva pensando en que amanezca.
con una infancia torpe y oprimida por cosas tan ajenas.
un pequeño animal sobre una bola hermosa,
un animal adulto,
hembra con cría,
que sabe hablar a veces
y que quisiera ser
un mejor animal.
animal colectivo
que agarra de los otros la tristeza como un pan repartido,
que aprende a reír sólo si otro ríe
—para ver cómo es—
y que sabe decir:
soy un animal triste, esperanzado,
vivo, me reproduzco, sobre un globo de tierra.
Bibliografía:
Carneiro, Sueli (2001) “Ennegrecer al feminismo” Disponible en: http://www.penelopes.org/xarticle.php3?id_article=24, accesado el 11/09/2008.
Colectiva del Río Combahee (1977) “Una declaración feminista negra” En: Moraga, Cherrie y Castillo, Ana (eds.) Esta puente mi espalda. Voces de mujeres tercermundistas en los Estados Unidos, Ism Press, San Francisco, 1979.
Dávila, Ángela María. “Ante tanta visión”. Animal fiero y tierno. Disponible en www.letralia.com/96/ar03-096.htm.
Hill-Collins, Patricia (1990) Black Feminist Thought: Knowledge, Consciousness, and the Politics of Empowerment. pp. 221-238. Boston, Unwinhyman.
hooks, bell (1992) “Selling Hot Pussy: Representations of black female sexuality in the cultural marketplace”. En Black Looks: Race and Representation. South End Press.
(2004) “Mujeres negras: dar forma a la teoría feminista”. En: Otras inapropiables. Feminismos desde las fronteras. Traficantes de sueños, Madrid.
Lorde, Audre (1979) “Las herramientas del amo nunca desarmarán la casa del amo”. En: Moraga, Cherrie y Castillo, Ana (eds.) Esta puente mi espalda. Voces de mujeres tercermundistas en los Estados Unidos, Ism Press, San Francisco, 1979.
Lugones, María (2008) “Colonialidad y género. Hacia un feminismo descolonial”. Género y descolonialidad. Ediciones del signo, Buenos Aires, 2008.
Mendoza, Brenny (2010) “La epistemología del sur, la colonialidad del género y el feminismo latinoamericano” En: Espinosa Miñoso, Yuderkys Aproximaciones críticas a las prácticas teórico-políticas del feminismo latinoamericano, En la frontera, Buenos Aires.
[1] Este texto fue presentado en la Jornada Interna sobre Feminismo, (Pos)colonialidad y Hegemonía: descolonizando el feminismo occidental desde y en América Latina el 29 de octubre de 2010,
en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, Buenos Aires, Argentina.
[2] La traducción de la pregunta que lanza bell hooks es mía. En inglés lee como sigue: “How and when will black females assert sexual agency in ways that liberate us from the confines of colonized desire, of racist/sexist imagery and practice?”
[3] Citado en Patricia Hill- Collins. Black Feminist Thought: Knowledge, Consciousness, and the Politics of Empowerment. pp.221-238.
[4] Ante tanta visión de Ángela María Dávila disponible en: www.letralia.com/96/ar03-096.htm
El día de mi agresión
Iliana Garcia
La madrugada del 20 de febrero de 2010 será inolvidable para mí. No sólo por la marca que me dejó en mi antebrazo, sino por la fuerte impresión que dejó en mi ser y cómo veo la realidad a partir de ello.
Me explico: Ese día me di cuenta de que los crímenes relacionados a género no se limitan a violaciones o a violencia de pareja, sino que también es considerar que una mujer que viva sola es presa fácil y que la sociedad la penalice por ello.
El día de mi agresión, la Policía no recogió huellas en el lugar en el que ocurrió el crimen, pues dio por sentado que había sido un incidente de violencia machista, y prefirió llegar al hospital, quizás pensando en poder hablar conmigo antes de que muriera, para decir quién me agredió y así ser un número más en las estadísticas.
Así se perdieron las huellas digitales de mi agresor en un lugar repleto de dicha información. Creo que si hubiera muerto, la búsqueda del individuo hubiera sido más efectiva porque entonces sería considerada parte de la epidemia. Sin embargo, no fue así.
Soy una mujer soltera que felizmente llegaba a mi casa luego de una maravillosa noche con amigas y amigos, en el disfrute de la celebración de un cumpleaños. Una mujer que eligió llegar sola a su casa contando con que era un lugar seguro y de descanso, sólo para toparme dentro de ella con un intruso que parece considerar, como uno de los paramédicos y el resto de la sociedad, que “para qué vive sola”. Un intruso al que no le bastaron los golpes que nos dimos, ni el llevarse mi ATH, sino que tuvo que asestarme un navajazo de recuerdo.
No quería mirarme. En el hospital no tuve necesidad de ir al baño porque había perdido tanta sangre que no tenía mucho líquido que soltar. Casi cuando iba a salir de emergencia fue cuando fui al baño, pero con la suerte de que no había el tentador artefacto. La cara que ponía todo el mundo al verme me bastaba para saber que estaba destrozada. Me provocó miedo el que mi hermana Carmín me viera. Al verme, se mantuvo neutral por amor. Si puedo reflexionar sobre esto ahora es precisamente gracias al amor. Al de ella, del resto de mi familia, de Yolanda (la cumpleañera), a quien le debo la vida por socorrerme cuando llegué a su puerta semidesnuda y bañada en sangre. También al amor de mis amigas y amigos que me lo han demostrado a través de la discreción y la solidaridad, al de mis colegas y compañeras/os de trabajo por su comprensión y apoyo incondicional. Gracias a ellas y ellos es que puedo mirar el evento de forma más organizada y permitirme un aprendizaje.
En estos meses luego de la agresión, he aprendido varias lecciones, por ejemplo, que nuestro país es una dictadura en la que nos mantienen controladitas/os con la violencia del crimen callejero y de Estado (que muchas veces son lo mismo) y nos tranquilizan con la pastillita de la democracia. Que no hay intención alguna de atajar los problemas de seguridad de los/as ciudadanos/as porque así el Gobierno pierde el control que produce el miedo. Tiene que ser algo que tenga carácter espectacular para que todos los sabuesos salgan a su caza. O puede ser algo tan inofensivo como la huelga de la Universidad de Puerto Rico para hacer un despliegue de fuerza y recordarnos que hay que quedarse calladitos, que si se protesta o se reclama lo que son nuestros derechos, vamos a encontrar un macanazo.
Tan dictadura es que hace unos meses la prensa no podía entrar al Capitolio para ser los ojos y oídos nuestros (perdonando que a veces no han sido los mejores, ni más efectivos) y así monitorear el trabajo de nuestros empleados (los legisladores). Sí, nuestros empleados “honorables”, a quienes deberíamos botar (y nunca votar) como han hecho con más de 20,000 servidores públicos que no puedo asegurar sean buenos trabajadores, pero que no son tan malos como aquellos que se hartan a costa nuestra y sin supervisión.
Es curioso que ya no se escuche tanto esa frase de “terror” que relacionaba la independencia de Puerto Rico “con esas repúblicas”, pero creo que estamos evocando lo peor de ese terror.
Un país donde no hay buenos servicios públicos de nada, en el que las distancias de ricos y pobres se agudizan, un país endeudado hasta la médula, en el que la Policía hace su trabajo de reprimir cualquier protesta y se resuelve sólo uno de cada diez casos. Un país que cuando está progresando una investigación criminal le da vacaciones forzosas a los empleados por la Ley 7 para que consuman los días por enfermedad. Un país en el que los altos funcionarios públicos son descaradamente indiferentes a los reclamos democráticos o son corruptos, o las dos, mientras la población se acomoda y se acostumbra como Pablo Pueblo, adormecido con el premio de la loto. Todo en espera de las próximas elecciones, porque ahí es que surte efecto la pastillita de la democracia.
Pensaba que no formaba parte de las estadísticas. Creo que sí, soy un número más. De ese nutrido grupo de familiares de víctimas del crimen o, como es mi caso, la persona directamente perjudicada, a quienes de nada les vale vivir en una “democracia”, en la que “parece” que no existe libertad ni justicia.
Versiones de este texto han sido publicadas en Dialogo y en 80 grados.