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Entre la voz y el cuerpo: (re)conociendo la violencia de género
Lo recuerdo claramente. Han pasado ya varios meses y aún lo recuerdo. Eran las 2:00 a.m., el cierre de una larga jornada de trabajo destinado a la celebración de 10 años de trayectoria de la agrupación musical fundada por los amigos con los que en ese momento, a las 2 am, compartía en la placita del Condado. Recuerdo el alboroto del tránsito, los bocinazos constantes y la música a todo volumen proveniente de los carros. Entonces, sucedió. La voz vino de un carro que capturó mi atención porque ya había circulado varias veces por la placita. Yo, que estaba de pie con la vista hacia el tránsito de carros, recuerdo ver cómo sus manos llegaban hasta su boca, cómo estando allí las unía formando un canal para amplificar su voz y de la misma forma darle una sola dirección, la nuestra. “Tropa e’ maricones, canto de cabrones” nos gritó, como si nada, uno de los 2 hombres que viajaba en aquel carro. Todos lo escuchamos. Éramos un grupo compuesto por 5 hombres y yo, la única mujer. Recuerdo las reacciones de mis amigos. Comentaron lo tonto e ignorante que les parecía el que aquel hombre nos gritara eso. Lo convirtieron en un chiste, diciéndose uno al otro: “Te dije que no te pusieras esa camisa, que te chotea (te delata).” Y mientras ellos hablaban, recuerdo que yo no podía creer lo que acababa de pasar. O sea, desde niña he experimentado la gritería con la que algunos hombres reciben a una en la calle. Esos llamados “piropos” que una debe agradecer o quedarse así, como si nada, aunque la revienten de rabia por dentro porque es lo normal, porque los hombres son así y ese tipo de comportamiento es parte de nuestra cultura. Pero yo nunca había experimentado algo como lo de aquel día. De la conversación que sostenía con mis amigos al ocurrir la interrupción del mencionado grito, debo admitir que son pocos los recuerdos. Sin embargo, recuerdo claramente cómo lo sintió mi cuerpo. Recuerdo la sensación física de un golpe. La clase de golpe que sentimos en el cuerpo en un momento de aturdimiento, la tensión que se aloja en la parte superior de los hombros hasta llegar al cuello. Esa tensión que llega como una sorpresa ocasionando una confusión y hasta una ansiedad que alarma todos los sentidos en el cuerpo. Y recuerdo haber temblado. Pero además, luego del golpe, recuerdo haber pensado en lo “masculino” o mejor dicho, en la idea de la masculinidad. Pensé en la manera en que ésta constantemente tiene que ser salvaguardada, justificada, y expresada hasta en exabruptos como la gritería de aquel tipo. Porque qué amenaza suponía para aquel hombre la presencia, los cuerpos, de este grupo de hombres tan diversos con los que no había mediado palabra más allá que su grito. ¿Qué fue lo que le dijeron estos cuerpos para provocarlo? ¿Cuál fue el golpe que recibió de ellos? Unos que se piensan abiertamente desde lo gay, otros opuestos a cualquier clasificación que los sumiera bajo alguna categoría. Todos hombres, todos seres increíbles, todos tan diversos. Y mientras pensaba en todo esto, yo los miraba; los miraba reírse y conversar. Quise inmiscuirme en la conversación y volver a hablar sobre lo ocurrido con el mismo tono de chiste con el que ellos lo habían hecho, diciéndoles: “chicos, yo creo que por mi fue que nos gritaron eso” pero la voz no me lo permitió; mi voz, en su entonación, en su timbre, en su vulnerabilidad no permitió la risa y todos ellos con gran seriedad me aclararon: “Nena no, No fue por ti que nos gritaron” y cambiamos el tema como si nada hubiera pasado. Nada tan significante como para arruinar la bonita velada que habíamos tenido. Luego de un rato, nos fuimos. Pero aún lo recuerdo. Han pasado ya varios meses y aún lo recuerdo claramente.
Por alguna razón que apenas recién entiendo, no lograba dar rienda a las palabras que hoy comparto sin antes narrar este suceso y yo me negaba a hacerlo. Anteayer, falta de palabras recurrí entonces a la poesía como me es costumbre en esos momentos y allí estaba el verso que dio la respuesta a la necesidad inconsciente de narrar el suceso: “Ávido lector: sólo en la memoria sentimos”. A estas palabras de Cristina Rivera Garza añado lo que para mí les es implícito: “Ávido lector: sólo en la memoria sentimos y resentimos”. Y es que, en lo que sigue el resentimiento adquiere un papel central a partir de varios planteamientos de Wendy Brown en Vinculaciones Injuriadas y los recogidos sobre dicho texto en el libro de Marlene Duprey BioIslas, pero además porque en definitiva nuestros cuerpos son sentidos y sus experiencias son mediadas por el sentido que éstos generan (Martínez, 2009, 3,7).
Con esto en mente, me interesa lanzar una pregunta a la que aclaro de entrada no creo tener respuesta: ¿Cómo rehabilitar el cuerpo a partir del resentimiento?
Para seguir pensando en esta interrogante y cómo se ubica en la relación entre la voz y el cuerpo propongo iniciar con una evaluación sobre las limitaciones y riquezas del proyecto que desde agosto del presente año he venido gestionando. Me refiero al proyecto Atrévete Puerto Rico. Atrévete Puerto Rico forma parte del movimiento social generado en la ciudad de Nueva York, iHollaback . Hollaback o Atrévete, (traducción al español del movimiento), surge de la iniciativa de 7 amigas que decidieron tomar acción ante el acoso sexual en los espacios públicos al que se enfrentaban de manera cotidiana, inspiradas en el caso de una mujer que al ver a un hombre masturbarse en un tren, le tomó una foto y con ésta decidió reportarlo a la policía. Bajo la consigna de terminar con el acoso callejero, este grupo de mujeres decidió abrir un portal cibernético que sirviera de plataforma de denuncia de este tipo de acoso sexual en las calles. Uno de los objetivos centrales de sus creadoras era el denunciar esta forma de violencia de género tan aceptada culturalmente y poco legislada o vislumbrada como crimen. Así, en la página web ihollaback.org, se insta a las mujeres y personas de la comunidad LGBTT a que accedan a contar sus historias de acoso. Se las insta a hollaback, expresión coloquial urbana con varios significados. Hollaback es la respuesta a un saludo, como decir “hola a ti también” pero además significa “mantente en contacto”. Ihollaback es como decir un “yo respondo” ante este tipo de violencia. Partiendo de esta expresión coloquial urbana, bajo el lema de ponerle fin al acoso sexual en la calle o street harassment, como se le nombra a esta manifestación de violencia de género culturalmente aceptada, lo que comenzó como un proyecto entre amigas ha generado un movimiento que ya tiene páginas web afiliadas internacionales.
Existen páginas ihollaback en ciudades de más de 14 países entre los que se encuentran Buenos Aires, Argentina; México D.F., México; Ottawa, Alberta y Toronto, Canadá; Croacia, República Checa, Francia, Alemania, India, Inglaterra, y además en otras 13 ciudades de los Estados Unidos. Por eso, aun cuando desde un principio, algunos aspectos de este movimiento me parecían limitantes, la constancia en Puerto Rico del tipo de suceso que inicia estas palabras y la inaudibilidad e invisibilidad de esta manifestación de violencia, supuso ver en esta alternativa un espacio de cambio en la percepción sobre lo considerado violencia de género. En tanto que, en Puerto Rico, a pesar del crecimiento en los últimos años de campañas estatales y no gubernamentales en contra de la violencia de género, el enfoque central de estas campañas ha sido la violencia doméstica. Aún cuando consideramos la importancia de este tipo de campañas, la representación de la violencia doméstica como el enfoque central en la lucha por la erradicación de la violencia de género, su centralidad ha tenido como repercusión el tratamiento sinónimo de violencia de género y violencia hacia la mujer, limitando de esta forma el (re)conocimiento de otros cuerpos que se enfrentan a este tipo de violencia así como la prevalencia de la violencia física y la elusión de la violencia moral siempre implícita en la violencia de género aún cuando esta última posee un carácter omnipresente que la revela como violencia estructural convirtiéndola en un método factible de subordinación( Segato, 2003).
Sin embargo, el cómo visibilizar y el cómo (re) conocer la diferencia en sus complejidades continúa suponiendo un reto que aumenta las limitaciones de la plataforma cibernética y los retos a los que se enfrenta este tipo de activismo.
Desde un principio tres cosas se presentaban como grandes limitantes. Primeramente, la concentración mayoritaria del movimiento en la experiencia de las mujeres y sobre todo muy específicamente las experiencias de mujeres que se enfrentan a situaciones de acoso sexual al ser vistas como objetos de deseo. Sin embargo, se han dejado fuera las historias de mujeres que, por ejemplo, no necesariamente son acosadas por ser vistas como objetos de deseo sino que se enfrentan a un acoso que se traduce en la ridiculización de sus cuerpos y las maneras de llevarlo por estar fuera de los cánones sociales que establecen lo deseable.
En segundo lugar, la entrada o reconocimiento de otros sujetos sólo si éstos se reconocían como miembros de la comunidad LGBTT. Y en tercer lugar, la confianza plena y absoluta en el derecho como lugar de (re)conocimiento por medio de la legislación y criminalización de este tipo de comportamiento. Frente a las primeras dos limitaciones desde Atrévete Puerto Rico, decidimos plantearnos desde una apertura a todo cuerpo bajo la designación del género como violencia y desde ese lugar proponernos trabajar con la violencia de género a partir de maneras que no redunden en una dinámica de criminalización y victimización de sus componentes sino en la transformación de sentidos y comportamientos que nos acerquen a una reconciliación con el propio cuerpo afectado por este tipo de violencia así como con los cuerpos que la generan puesto que el género como estructura también supone violencia en ellos.
Sin embargo, la confianza plena en el derecho se retuvo en el (re)conocimiento desde la política pública, desde la legislación. El dónde radica la limitación de esta confianza nos devuelve a la discusión sobre el resentimiento. Wendy Brown en Vinculaciones Injuriadas utilizando las lógicas del resentimiento de Nietszche, explora el carácter resentido del deseo dentro de las identidades politizadas en los Estados Unidos a partir de las narrativas del liberalismo (Brown, 2005). Es interesante utilizar este trabajo por los flujos económicos, sociales y jurídicos de Puerto Rico con Estados Unidos por la relación política que mantenemos y también por los flujos que a partir de nuestra relación política con los Estados Unidos se sostienen desde el activismo feminista y LGBTT en Puerto Rico.
Así, como destaca Marlene Duprey sobre este trabajo de Brown:
“lo importante de este trabajo es el problema de que la narrativa del liberalismo produce las condiciones para la creación de unas identidades politizadas al extremo de fijarse justamente al interior de las premisas de universalidad y de igualdad. De esta forma, las identidades politizadas se tornan efecto de esta narrativa ocasionando el que la exclusión se convierte en el eje central que constituye las narrativas de las identidades marginadas. Y según Brown, entonces estas narrativas en tanto creaciones históricas, no dejan de producir aquello que las constituye, esto es la repetición de su exclusión. Estas identidades “necesitan ese ideal tanto como su exclusión del mismo para poder continuar existiendo como identidades” Y más aún, produce una situación en la que el sufrimiento se sitúa como el entero fundamento de su reclamación política (152-153)”.
Esto es lo que ambas autoras resaltan como lo que genera el resentimiento. Entendiendo resentimiento como aquellos impulsos de venganza a raíz de una herida que se recogen en la cita de Nietzsche de La genealogía de la moral que sirve de epígrafe a Brown: “Si algo ha de permanecer en la memoria, debe grabarse a fuego: sólo lo que nunca cesa de herir se queda en la memoria” y a partir de esto, reconociendo cómo la recriminación se torna la forma en la que los desposeídos toman parte en las lógicas del resentimiento es posible identificar el que las categorías de género, raza, y clase se constituyen a partir del resentimiento. (Duprey, 2008)
De ahí que, como destaca Duprey:
“la crítica al poder (desde estas identidades) frecuentemente es más bien un reclamo por acceder a aquellos bienes y aquellos imaginarios situados en un esquema de valorizaciones que se ubican al interior de los Estados modernos capitalistas. Valoraciones que estos estados resaltaron como buenos, correctos y deseables (155).”
Esto nos regresa al dilema entre la voz y el cuerpo porque al estas identidades formar una voz que recrimina al poder su reconocimiento y visibilidad, al depender de los términos del poder para ser reconocidos así como de su permanente exclusión, su reclamo supone una clausura a las posibilidades de los cuerpos y sobre todo a sus posibilidades de sanar. Siendo así, la confianza y la esperanza plena en el derecho, en la ley como reparadora de injusticias, como renovadora de posibilidades puede ponerse en duda, mucho más cuando hablamos de violencia de género. Porque como Mara Negrón señala en un hermoso texto titulado El verbo descarnado o hacernos cargo de la violencia: “pensar la violencia supone pensar la justicia” y desde ahí un cuestionamiento que para nosotros sería imperativo es si ¿es el Derecho el lugar de la justicia?
Aclaro que no estoy haciendo un llamado a la renuncia de derechos. Ciertamente, en un sistema de derecho como el que vivimos tener derechos supone una mejor posición que no tenerlos. No obstante, creo que debemos estar vigilantes a tres cosas que Marco Aparicio Wilhemi en Contracorrientes: apuntes sobre igualdad, diferencia y derechos (2010) puntualiza: Primero que, “los derechos una vez reconocidos, pueden llegar a servir como piezas de un aparador que esconde prácticas que materializan decisiones abiertamente opuestas a ellos y frente a las cuales el entramado jurisdiccional a lo sumo ofrece respuestas tardías, aisladas e insuficientes.” Segundo que: “Es necesario huir a una confianza desmesurada en el poder de la letra de la ley en la determinación del comportamiento de los distintos sujetos y poderes, públicos y privados que conforman nuestras sociedades.” Y tercero, y pienso que es una de las más importantes sobre todo en términos del (re)conocimiento de las diferencias, que: “El texto jurídico formaliza consensos pero también exclusiones, abre el espacio político a unos mientras lo cierra para otros. Es avance y freno; cierre y apertura”. Pero si vamos más allá, no tan sólo es que formaliza consensos y exclusiones es que, bajo el consenso, formaliza exclusiones en la medida en que hay que callar e invisibilizar unas diferencias para entonces legitimar las que sí van a ser consentidas como diferencia y eso es violencia, la violencia de la fijación y la simplificación.
Es una violencia que está muy ligada a la implícita en un cuestionamiento hecho por Wendy Brown en su texto The Power of Rights: “What does rights discourse do to politics if not convert social problems into matters of individual injury and entitlement, into matters in which there is no harm if there is no tangible agent and no tangible violated subject? Es decir que el discurso del derecho depende de la lógica víctima/victimario y su criminalización como solución a los problemas y no de revelar la violencia estructural inherente al sistema que subyace esos hechos individuales para exponer los problemas sociales de los que derivan. Con lo cuál valdría la pena preguntarse si ¿es deseable legislar las diferencias?
Hasta aquí las limitaciones que veo en el proyecto que gestiono Atrévete Puerto Rico. Ahora toca hablar de lo que para mí es su gran fortaleza, una que nos regresa a la pregunta inicial ¿Cómo rehabilitar el cuerpo a partir del resentimiento? Creo que un gran paso en la respuesta a esta pregunta radica en el acto de narrar. Y narrar, contar una historia desde la propia experiencia de quien lo hace es central en un proceso de reconciliación porque se trata de sanar. Tomar el ejercicio de narrar, “la narración como praxis conspirativa de las víctimas que prefieren ser otra cosa que víctimas, nunca una “comunidad de víctimas”; praxis que desarrollará no una explicación alterna o remediativa de las inconsistencias del relato oficial, sino la constante interrupción de todo relato oficializable para abrir el espacio de la invención de sí no importa cuan rara sea su ocasión (Duchesne, 2005).”
Y es que en principio narrar supone (re)conocer la experiencia, (re)conocer cómo te afectó y por qué, pero además suma a ese proceso de reflexión el mirar al otro y (re)conocer de dónde sale su violencia, no para justificarla sino para reconciliarse con el propio cuerpo agredido y con el de quien nos hirió. Se trata de un trabajo con el peso del dolor, con el peso de la experiencia. No para olvidarla sino para relacionarnos con la situación de una manera que no mantenga intacto el resentimiento y su herida. Definitivamente, esto supone algo muy difícil porque implica estar dispuestos a aceptar nuestra vulnerabilidad y a su vez (re)conocer la de los otros para asumirla como parte de una responsabilidad común. Una responsabilidad enorme en la medida que advierte la devolución de la humanidad a quien nos hirió para (re)conocerlo humano. Dejar de pensarlo monstruo, enfermo, o criminal para reconocerlo humano. Se trata de (de)volverle y (de)volvernos nuestra complejidad; se trata de volvernos fuga. Como bien dice Nelly Richard:“Las líneas de fuga y alteridad que pluralizan cada “yo” impidiendo el cierre representacional de una identidad “toda” le dejan espacios a la “subjetividad abierta de los incontados” que prolifera en los bordes más disgregados de lo que la sociedad exige como lo numerable, gobernable y sistematizable.(Richard, 2010).”
Y entonces, al aceptar esto, a la pregunta de ¿cómo rehabilitar el cuerpo a partir del resentimiento? valdría la pena añadir la de ¿qué estamos haciendo como sociedad desde nuestros símbolos, lenguajes, políticas, instituciones jurídicas, mediáticas y académicas para potenciar alternativas al resentimiento que más que reconciliación deviene venganza.
Esta ponencia fue ofrecida el 1 de diciembre de 2011 en la Jornada sobre violencia de Género organizada por el Programa de Estudios de la mujer y el Género de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras.
Bibliografía
Aparicio, M. Contracorrientes: apuntes sobre igualdad, diferencia y derechos. Girona:
Documenta Universitaria, 2011.
Brown, Wendy. Vinculaciones Injuriadas. Araucaria, segundo semestre, año-vol 7, número 014.
Universidad de Sevilla, España.
Brown, Wendy. The Power of Rights. Boston Review, june-august 1993, http://bostonreview.net/BR18.3/brown.html.
Duprey, M. BioIslas. Ensayos sobre biopolítica y gubernamentalidad. San Juan: Ediciones
Callejón, 2009.
Duchesne, J. Fugas incomunistas. San Juan: Ediciones Vértigo, 2005.
Martínez, A. Contando las maneras para decir el cuerpo. Debate Feminista. No 36,
Octubre, 2007.
Negrón, Mara. El verbo descarnado o hacernos cargo de la violencia. Mayo 31, 2011.
En: 80grados.net
Richard, Nelly. La crítica feminista como modelo de crítica cultural. Debate Feminista. No 40,
octubre 2009, México.
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